El
Chelsea elimina al Barça con dos goles al final de cada parte (2-2). Leo Messi
erró un penalti al comienzo de la segunda mitad y estrena su casillero de
fallos determinantes en su triunfal carrera futbolística.
No
habrá final española. Al menos, el Barcelona no podrá disputarla en Múnich. Y
no por méritos, trabajo y esfuerzo. Trajo de Londres una renta de un gol en
contra que el Chelsea sintió peligrar desde el minuto uno. La remontada se
frenó al final de la primera parte porque Ramires definió con una bella
vaselina a Valdés. El gol del brasileño hacía estériles los goles de Busquets e
Iniesta, ambos en los últimos diez minutos del primer tiempo.
El
Barça de nuevo necesitaba un gol para avanzar hacia la última eliminatoria del
torneo. Y pudo llegar pronto, en las botas de Messi. Drogba cometió un penalti sobre
Cesc. El encargado, como siempre, Leo Messi. El argentino, muy participativo en
la primera parte-asistió a Iniesta en el segundo gol- frente a Cech. Pero en
esta ocasión no. Messi estrelló el penalti en el larguero y a partir de
entonces, el argentino se esfumó. Lo intentó, la pidió, pero sin el brillo de
sus cientos de exhibiciones. Leo, autor de tantas obras de arte, creó su cuadro
más impreciso. La pincelada errónea en el momento menos oportuno. Desde
entonces, estuvo ausente quince minutos y cuando intentó enmendar el error, ni
las circunstancias, ni siquiera la suerte se aliaron con él. A falta de diez
minutos, Messi estrelló un balón en el poste. Y ahí terminaron las ocasiones
reales del Barcelona. Después, mucho empeño, ímpetu y corazón. Y en esas,
incluso Torres firmó el empate y la sentencia en el añadido final. El delantero
dribló a Valdés para remachar a placer. Torres sustituyó a Drogba, que realizó
un partido brillante. El marfileño se peleó en solitario con toda la defensa
blaugrana y siempre dio la sensación de que triunfó en cada disputa.
Esfuerzo
de todo el Chelsea, que tuvo primero que
remar en contra, y luego defender la renta con uno menos por la expulsión
absurda de Terry, cuando su equipo ya perdía por un gol. El central inglés le
pegó un rodillazo a Alexis por la espalda, que no pasó desapercibido como
planeó el defensa inglés. En esos instantes y más tras el segundo gol del
Barça, la clasificación del Chelsea cotizaba a la baja. Pero un gol de Ramires
al final de la primera parte, cambió de manera definitiva el destino de la
eliminatoria. El gol de Torres fue una anécdota macabra, un chiste al estilo inglés.
El
Chelsea de Abramovich tendrá una nueva oportunidad de ganar por primera vez la
Champions League. Un resbalón inoportuno de Terry en los penaltis impidió a los
ingleses inscribir su nombre entre los triunfadores de la Copa de Europa en el
2008. Ahora, de nuevo tras un cambio de entrenador a mitad de temporada, espera
rival para disputar la final de Múnich, tras este histórico y heroico partido.
Mientras,
el Barcelona pierde su segundo título en cuatro días. Aún le queda el reintegro
de la Copa del Rey contra el Athletic, para cerrar una notable temporada, en la
que la falta de contundencia en momentos puntuales, pero claves, dejó cierta
sensación amarga. Y también deja la estampa histórica de desesperación y
tristeza del futbolista más talentoso y brillante de las últimas décadas. Leo
Messi falló un penalti que hubiera decidido la eliminatoria a favor del Barça.
Erró para recordarnos a todos que somos humanos. Pintó un mal cuadro, que
dentro de unos años quedará relegado a la galería más desértica del museo
futbolístico Lionel Andrés Messi.
El Mundial de fútbol de Sudáfrica englobó todas las emociones y sensaciones que a lo largo de la historia del torneo ha llevado consigo la selección nacional. Favoritismo, desconfianza e incertidumbre. Sin embargo, esta última Copa Mundial de Selecciones, añadió un complemento más: esperanza y fe en una generación de futbolistas únicos hasta entonces. Sobre todo en un grupo que en su mayoría derribó las barreras que hasta entonces habían sido imposibles de superar por un combinado nacional en muchas décadas. No solo habían logrado pasar unos cuartos de final, sino que habían conseguido ganar una Eurocopa con un estilo de juego que asombró al viejo continente. Esa inercia fue aprovechada y explotada al máximo por un seleccionador nacional destinado al éxito. Vicente del Bosque fue el elegido para suplir a Luis Aragonés en el cargo. Un puesto caliente y con muchas exigencias que pronto se convirtieron en exageraciones a las primeras de cambio con la derrota inicial frente a Suiza. Los españoles tenemos esa costumbre de pasar del reconocimiento, del alago, del cumplido; al odio, al rechazo y a la más antinatural de las incongruencias. El primer traspié fue el inicio del primer debate sobre cómo y con quiénes debía jugar el combinado nacional. Del Bosque, que de esto del fútbol sabe más que el más ‘sabio’ periodista deportivo, no dudó en salir en defensa de Busquets, primer enemigo público de la patria tras la derrota ante Suiza. A partir de entonces, en una mezcla derivada por la necesidad y por la calidad que atesoraban los seleccionados, España solo supo ganar.
Partido a partido España derribó barreras insuperables torneos atrás. La presión y un favoritismo ganado con creces a lo largo de dos años de un juego excelente, no pudieron más que las ansias de gloria del equipo nacional. Pese a la primera derrota, España quedó primera grupo. Superada la primera crisis, España afrontaba la fase de cruces con la moral totalmente renovada. Limpia, reluciente, como el que comienza un nuevo torneo. En los octavos de final, Portugal fue el primer escollo que tuvo que superar la roja. La superioridad del juego del combinado español no se reflejaría con resultados abultados en los cruces. España ganó todos los enfrentamientos por un gol a cero.
Superado el obstáculo portugués. La selección se topó con el muro insuperable de los cuartos de final torneos atrás. La selección de Paraguay fue un rival que entrañó más dificultad que lo que las banderas, el escudo y las plantillas podían presagiar. Sin duda, fue el partido que marcó el punto de inflexión. El encuentro ante Paraguay fue escrito por el más rocambolesco, enrevesado y retorcido de los guionistas, solo que esta vez, era español. Lo tuvo todo. Penalti en contra, parada de Casillas. Penalti a favor, gol de Alonso, el árbitro manda repetir. Segunda ocasión, error de Alonso. Otra calamitosa actuación arbitral, otra vez en cuartos. El fantasma de los complejos volvía a presentarse de nuevo en el mismo camino, en el mismo momento. Pero esta vez no. Esta vez, incluso los postes fueron aliados. Villa controló el balón en el área y golpeó la pelota con el interior para intentar ajustar bien la pelota. Y cómo lo hizo que el balón pegó en el poste derecho de la portería para luego pasearse por encima de la línea de gol y volver a dar esta vez en el poste izquierdo para por fin entrar en la portería. En otro momento, en otro campeonato, ese balón nunca se hubiera convertido en el gol de la victoria. No hubiera entrado. España avanzaba hasta dónde nunca alcanzó en el Campeonato Mundial.
En la semifinal esperaban los alemanes, siempre presentes en las rondas finales. Sin embargo, esta vez con una joven hornada que se mezcló a la perfección con la vieja guardia. Llegaba Alemania a semifinales tras aplastar a Inglaterra en Octavos y a Argentina en los Cuartos de Final. Pero frente a la roja poco pudieron demostrar de ese juego novedoso y vistoso que habían desplegado en los cruces. El equipo de Joachim Löw tan solo pudo limitarse a observar como España movía la pelota a su antojo y a intentar defender los ataques españoles. Hasta que Puyol se elevó en el aire en un cabezazo limpio, fuerte, duro tras un saque de esquina de Xavi. El gol tardó en llegar pero hizo justicia en el marcador. La selección nacional continuaba derribando barreras en el torneo mundial. Ese partido supuso el fin del debate eterno durante el torneo. Torres no estuvo a la altura y Pedro entró en el once titular, siendo además de los más destacados del encuentro.
La victoria ante Alemania colocó a España en la mejor de las posiciones en la parrilla de salida hacia la gloria. España estaba a un solo partido de alcanzar el mayor hito de la historia del fútbol nacional, algo impensable torneos atrás, en los que un favoritismo más propio de andar por casa que real, unido a la mala fortuna y a decisiones arbitrales nefastas, impedían a la roja competir por cotas mayores. En la final esperaba Holanda, otra selección huérfana de gloria mundial pero con dos subcampeonatos como cicatrices. La selección holandesa alcanzó las semifinales al ritmo de Sneijder y a la velocidad que marcó Robben. Sin embargo, en la final, se disfrazó de equipo de rugby. El partido fue una auténtica batalla de Flandes en la que los jugadores de la orange se limitaron a desplegar un juego sucio, tosco, fuerte y violento por momentos. El pecho de Xavi Alonso fue testigo directo de ello. Sin límite de tarjetas Van Bommel hubiera logrado acarrear suspensión por acumulación de amarillas. El mediocentro holandés jugó a la perfección su rol de tope y secado del juego español, hasta el punto conseguir desquiciar al rival. El partido entró en una fase en la que se sabía que el primero en anotar se llevaba el campeonato. Los dos equipos tuvieron ocasiones claras en sendos mano a mano. Cesc no acertó a materializar su ocasión ante Stekelenburg. Ni Robben en dos ocasiones ante Casillas, que con la punta de su bota abortó la ocasión más clara del extremo holandés.
El partido se decidió en la segunda parte de la prórroga. En el minuto 116, tras una larga jugada de combinación de la selección española. Jesús Navas comenzó una endiablada carrera por la banda derecha perseguido por varios contrarios. La jugada continuó en la izquierda con Torres, y el balón llegó hasta Cesc tras un rechazo de un defensa holandés. El jugador del Arsenal vio desmarcado a Iniesta, que se encontraba dentro del área escorado a la derecha. El manchego controló el pase de Cesc y el balón quedo botando. El tiempo se ralentizó. Andrés no perdió de vista ni el balón, ni la posición de la pelota y del guardameta holandés. Iniesta tenía ya en mente el disparo y sabía que no iba a fallar, que no se podía errar una oportunidad única. Entonces conectó un derechazo con el empeine interior. Algo centrado, pero demasiado duro y seco para que Stekelenburg pudiera repelerlo. El disparo se convirtió en gol y el gol llevó al éxtasis. Andrés Iniesta volvió a ser el protagonista de un gol de leyenda, pero esta vez como emisor de un mensaje para todo un país. Iniesta también hizo eterno a Dani Jarque. La dedicación más especial en el escenario y en el momento más brillante. El gol llegó en un momento en que la capacidad de reacción para Holanda fue mínima. Hasta el final tan solo jugó el tiempo, lento para los españoles, rápido y fugaz para los holandeses, que apenas tuvieron tiempo para quitarse el traje de lucha con el que actuaron durante todo el partido. El pitido final coronó por fin al campeón. En ese momento, la gloria mundial se instauró en todo un país. En los españoles y en todas aquellas personas que vivieron como propia la victoria de la roja, qué importa la nacionalidad, qué importan las fronteras. El fútbol que desplegó España fue tan superior a todos sus rivales que encandiló a aficionados de diferentes nacionalidades.
Dos años de un sello y estilo propios bastaron para que la selección española disipara para siempre los complejos y el victimismo con el que terminaba siempre sus participaciones en torneos de selecciones. Todo ello, unido, por supuesto, con una generación de futbolistas hambrientos de gloria.
El 17 de Julio de 1994, las dos selecciones más laureadas del mundo del fútbol se enfrentaban en la final del mundial de Estados Unidos. Dos de las máximas favoritas llegaron a la última ronda exhibiendo diferentes armas; Brasil, samba y goles de la mano de una de las parejas más brillantes de un campeonato mundial, Romario y Bebeto; e Italia, a su ritmo y estilo, sufriendo como casi siempre en las primeras rondas, pero llegando lejos, todo ello, liderado por el entonces vigente Balón de Oro, Roberto Baggio, que salvó, en más de una ocasión, a la selección ‘azzurra’ de una eliminación anticipada. Romario frente a Roberto Baggio, Brasil frente aItalia. Las dos selecciones poseían tres títulos de campeones del mundo, es decir, los dos equipos con más títulos de la historia del torneo, junto a Alemania. No era una final más, sino el partido que decidiría qué nación decoraría con más títulos sus vitrinas. Todo ello en una final inédita en las 14 ediciones anteriores que, además, también terminó por decidirse de una manera novedosa hasta entonces, sin goles durante los 90 minutos reglamentarios más los 30 extra de la prórroga y desde la tanda de penaltis.
La final no fue el partido más brillante del campeonato pero, como no podía ser de otra manera, sí fue el más tenso, vibrante y emociónate por lo que había en juego. Cada balón se disputó como si fuese el último y ninguna de las dos selecciones quería errar, sobre todo en defensa, para no dar opciones extra a su rival. Tanto Brasil como Italia supieron frenar a los auténticos líderes y estrellas de sus rivales, Roberto Baggio y Romario. Las mayores ocasiones las tuvieron los brasileños que pusieron en muchos aprietos a la defensa italiana y sobre todo a Pagliuca, que incluso se alió con un poste (lo llegó a besar) tras un error en un disparo lejano que estuvo a punto de costarle un gol bochornoso y por ende, la final. Sin embargo, tras los 90 minutos y después de una prórroga también, se llegó al final sin goles. La final del mundial de USA 94 se convirtió en la primera que terminó sin goles y por tanto,el campeón se decidió en la tanda de penaltis.
El primero en decidir su futuro fue la selección ‘azzurra’, en las botas del legendario defensa ycapitán, Franco Baresi que mandó por encima del larguero su penalti. Sin embargo, pese a poder adelantarse en la tanda, Brasil también erró su primer penalti. Pagliuca adivinó el disparo de Marcio Santos. Tras la primera ronda continuó la igualdad máxima en la final de la Copa del Mundo. En la segunda y la tercera ronda, ninguna de las dos selecciones falló. Albertini y Evani por Italia y Romario y Branco por Brasil, no fallaron desde los once metros. Sin embargo, en la cuarta ronda comenzó a desnivelarse la balanza hacia la ‘verdeamarelha’. Massaro no pudo materializar su penalti. Taffarel adivinó el lanzamiento del italiano y empezó a convertirse en héroe nacional. Ahora eran Dunga; por parte de Brasil, el encargado de dar ventaja a su selección; y Pagliuca, en sus guantes, la única persona que podía mantener la igualdad en la tanda de penaltis. Dunga, el capitán del equipo brasileño, engañó al guardameta italiano y dio ventaja en la final a Brasil, 3-2 frente a Italia. Brasil sonreía, Italia, se lamentaba. El error de Massaro en la cuarta ronda de la tanda, provocó que el quinto penalti se convirtiera en un ‘match ball’ para los italianos. La única posibilidad de mantener opcionesen la final era que Italia no errara su último lanzamiento. El elegido fue uno de los elegidos, el gran Roberto Baggio. El delantero italiano había cuajado un gran mundial, con actuaciones individuales brillantes que dieron vida extra a su selección nacional en varias fases del torneo cuando ya agonizaba. Sin Roberto, Italia hubiera escrito una página decepcionante en el mundial de Estados Unidos. Ahora, volvía a tener la responsabilidad que se le exige a los grandes, a los genios. Marcar significaba mantener viva la esperanza, la única vía posible para el potencial éxito. Errar era el fin. Roberto se acercó al punto de penalti con el balón, despacio. Colocó el balón en la cal, amoldando el césped, como premonición de algo. Tardó en volver a la verticalidad total. Cogió carrerilla y esperó al pitido del árbitro. Dos naciones expectantes y el mundo como protagonista. El jugador italiano comenzó a dirigirse hacia el balón, dibujando durante la carrera el golpeo, la fuerza y la dirección que quería imprimirle. Nada de eso se materializó. Roberto Baggio golpeó demasiado bajo el balón y éste salió demasiado alto, por encima del travesaño de la portería que defendía Taffarel. Ya no había marcha atrás, todo quedó decidido con el error de Roberto Baggio que quedó estático dentro del área, con la mirada abajo, mientras todos los jugadores brasileños corrían eufóricos a abrazar a su portero. Brasil se convirtió en la selección más laureada al alcanzar su cuarto título mundial, en la primera final de la Copa del Mundo que se decidió desde los once metros, en una tanda de penaltis.
14 de Mayo de 1994. A la última jornada de liga se llegó sin conocer aún el nombre del equipo campeón. Dos eran los clubes que tenían opciones. El Deportivo era el líder con un punto de ventaja y el que dependía de sí mismo. El Barcelona era el segundo y debía esperar un tropiezo de los coruñeses. Ambos equipos jugaban su partido decisivo en casa, frente a su afición. El Deportivo recibía al Valencia y el Barça al Sevilla. La fiesta tan solo podía vivirse en un estadio. A Coruña y Riazor se vistieron de gala para vivir el día más importante en la historia del club gallego. Por aquel entonces, las vitrinas del Deportivo aún se encontraban vacías de títulos oficiales. Esa tarde de Mayo, los coruñeses podían ganar su primer título de liga. Dependían de sí mismos. Sin embargo, el gol de la victoria se hacía esperar. Mientras tanto, a cientos de kilómetros, en Barcelona, los locales consiguieron remontar los goles (5-2) de los sevillistas Simeone y Davor Suker. Los andaluces se jugaban un puesto en competición europea. Sin embargo, los blaugranas liderados por el genial brasileño Romario, que esa tarde alcanzó los 30 goles en liga, y por un equipo inolvidable, consiguieron marcarse el objetivo de ganar de manera holgada y esperar noticias de Riazor. Los minutos pasaban, no había goles en Riazor y los coruñeses no conseguían ese tanto que les daba el título de campeón de liga. En el Camp Nou se dejaban las orejas pegadas a los transistores. Las emisoras de radio echaban humo en esos tiempos en los que internet como lo conocemos ahora era ciencia ficción. El tiempo apremiaba en A Coruña y se ralentizaba en Barcelona. El tiempo subjetivo, oiga. Sin embargo, cuando en Barcelona ya soñaban con el milagro de un nuevo título al final del final, tras los dos conseguidos gracias a los sendos tropiezos del Madrid en Tenerife, desde Riazor llegó una noticia que dejaba ese potencial nuevo campeonato para los blaugranas a una distancia de tan solo 11 metros. Última jugada del partido en Riazor, penalti a favor de los locales.
El Deportivo se encontró con la mejor de las oportunidades para entrar en la historia del campeonato de liga español. Ya en la prolongación del encuentro, en una acción más a la desesperada que elaborada de los coruñeses, Nando fue objeto de penalti por parte del valencianista Serer. La euforia se instaló en Riazor y el desconcierto en el Camp Nou, donde no creían ya que el Depor fuese capaz de marcar el tanto del triunfo. El encargado de lanzar el penalti para los locales era Donato, sin embargo, el incombustible mediocentro ya no se encontraba en el terreno de juego. El siguiente era Bebeto, pero el brasileño se escondió en su madriguera y no quiso ni acercarse por la zona. La pelota quemaba, pesaba. EL encargado de pasar a la historia, pasase lo que pasase era el central Serbio Djukic. Once metros, un punto de penalti, una pelota que pesaba cual balón medicinal, una portería cada vez más pequeña y con más trampas a los ojos del serbio, y un portero en frente dispuesto a detener el lanzamiento. González, guardameta del Valencia. Djukic ni siquiera miró a su oponente, Intentó concentrarse en el balón. Fijó su mirada en él, se concentró y deseó pegarle con todas sus fuerzas. Sin embargo, sus piernas no respondieron a su mente. Temblaban. Se quedaron sin fuerzas justo a la hora del golpeo. El disparo fue flojo, centrado. Fácil para el portero, que celebró el error del central como una victoria. Tiempo después se supo que González estaba primado por dejar su portería a cero. Riazor lloró, el Camp Nou no podía dejar de reír. La alegría y la tristeza recorrieron España de oestea este a la velocidad de las ondas hercianas. El Barcelona repetía título por cuarto año consecutivo, algo inaudito en el conjunto blaugrana y que puso fin a una época dorada en Barcelona, el Dream Team de Cruyff. Djukic fue el más valiente, el que dio el paso al frente para ser protagonista de una de las acciones más míticas que ha deparado la liga española de fútbol. El Deportivo tenía que esperar para engalanar sus vitrinas con su primer título oficial. Pese a la enorme tristeza, la espera no fue larga. Un año después, los Coruñeses pudieron celebrar su primer título nacional. La Copa del Rey…frente al Valencia.